El yacimiento arqueológico del MUHBA Vía Sepulcral Romana es el enclave perfecto para comprender en profundidad cómo la antigua Barcino despedía a sus difuntos. Al quedar el yacimiento por debajo del nivel actual de la plaza de la Vila de Madrid, todo los asistentes bajarán al interior de una necrópolis de los siglos I a III d.C. que se conservó de manera excepcional de forma subterránea a lo largo de los siglos, combinando una pasarela exterior que discurre junto a las tumbas y un pequeño centro de interpretación bajo techo.
El Centro de Interpretación (la exposición): En el espacio museográfico «abajo» (bajo techado) se exhiben los hallazgos materiales reales recuperados durante las excavaciones en este mismo lugar. Podrás observar urnas cinerarias, ajuares funerarios, reliquias y estelas con inscripciones auténticas que te servirán como excelente apoyo visual para explicar el proceso de incineración y preparación del difunto.
Las singulares tumbas cupae: Mientras paseas por la pasarela elevada junto al antiguo camino de salida de la ciudad, destacan especialmente las cupae de obra, unas características tumbas semicilíndricas que imitaban un barril. Puesto que este cementerio estaba destinado principalmente a personas de clase media y esclavos libertos, podrás hablar sobre cómo el estatus social y adquisitivo condicionaba el tipo de enterramiento en Roma.
Ritos de libación y creencias: El entorno es inmejorable para hablar de los rituales físicos tras la muerte. Explicaremos la práctica de las libaciones, detallando cómo las familias acudían a estas mismas tumbas para «alimentar» a los difuntos vertiendo ofrendas (vino, aceite o leche) hacia sus cenizas. También es el punto clave para hablar de las fiestas de las Parentalia y del miedo romano a que las almas olvidadas se convirtieran en espíritus malignos o vengativos.
La «muerte domada» (Edad Media, siglos V-XI): En esta fase, la muerte es familiar y aceptada como parte natural del ciclo vital. El moribundo, consciente y rodeado de su comunidad, dirige su propio final en un ritual público y sereno. La muerte aparece como un compañero cotidiano, no como un enemigo terrorífico.
La «muerte de sí» (siglos XII-XV): Surge un individualismo incipiente. La muerte se personaliza, donde el Juicio Particular, el purgatorio y el culto a los difuntos fomentan una conciencia de la propia finitud. Las danzas macabras y los transi (tumbas con cadáveres en descomposición) reflejan esta obsesión por la putrefacción del cuerpo y la salvación del alma.
La «muerte del otro» (siglos XVI-XVIII): El Romanticismo anticipa esta etapa, donde la muerte se dramatiza y se convierte en espectáculo emocional. El duelo se intensifica, los cementerios se alejan de las iglesias y la familia nuclear asume el luto. La muerte pasa de ser un evento comunitario a uno íntimo y sentimental.
La «muerte prohibida» (siglos XIX-XX): En la era industrial, médica y secularizada, la muerte se medicaliza, se aísla en hospitales y se oculta. Ya no se muere en casa; el cadáver se disimula, el duelo se acorta y la sociedad finge que la muerte no existe.
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